Receta de buena tinta; vsada por el Ylustrísímo Cabildo de Santiago, mandada estampar por el Señor D.n Carlos de Caldas, Oriundo de la Casa de Agrobó en la Parroquia de Santa Maria de los Baños de Cuntis; rector de este Beneficio Curádo de San Verísímo de Arcos, y de su Parroquial Yglesia.
Cuatro Cuartillo de Agua
Ocho onzas de Agállas.
Dos Onzas de Caparrós
Dos Onzas de Goma Arabiga
Dos Onzas de Azucar Candil
Dos Onzas de Azul fino, q.e es anil
Y medio cuarteron de Agua ardiente fina
Todo hay en Botica, y echado en un frasco, sin hervir al fuego.
Esta fórmula de 1792 exhibe una materialidad presente en prácticamente el 99% de los fondos de este archivo cuyas grafías, incluso la de esta receta, han sido manuscritas con esa misma tinta. Una fórmula que no es inmutable en sus medidas e ingredientes sino sujeta a múltiples variantes en función de circunstancias históricas y científicas pero siempre con dos elementos en común: Las agallas del roble y el sulfato de hierro, dando lugar a lo que se conoce como TINTA FERROGÁLICA, la tinta empleada por antonomasia desde el siglo XII hasta bien entrado el XIX donde empezó a ser sustituido por las tintas modernas hasta su desvanecimiento como elemento habitual de escritura. La vencida omnipresencia de esta tinta se debe a la sencillez de su preparación, la facilidad de uso y su persistencia en el tiempo

Desmenuzando los ingredientes de esta receta recogida por el párroco de Arcos de Furcos, seguramente por indicación de la Curia Compostelana y anotada en la primera página del libro de la Cofradía del Santísimo Sacramento, comienza con el medio en el que se disuelven los ingredientes, «Cuatro Cuartillo[1] de Agua» que solía ser de lluvia o la más pura que se pudiera encontrar aunque en otras recetas se pudiera indicar el empleo de vino, cerveza e incluso orina.
Sigue con «ocho onzas[2] de Agállas«, ingrediente que merece toda nuestra curiosidad. Seguramente muchas veces hemos observado la presencia de «frutos» duros en las ramas del roble, redondeados, de 2 a 3 cm de diámetro y extraños a nuestro conocimiento pues son bien morfológicamente distintas a las bellotas.
Esas esferas son las agallas del roble y son el resultado de una formación tumoral defensiva provocada por la punción y posterior depósito de un huevo por parte de un organismo cecidógeno, es decir un insecto que forma cecidias o agallas en plantas. La presencia del elemento extraño provoca la formación de la agalla que también sirve al insecto como medio nutricional y de resguardo hasta su eclosión y posterior salida. Las agallas recién formadas son muy ricas en taninos, principal compuesto químico que se extrae mediante su triturado y posterior maceración o cocción en agua.

El tercer ingrediente recogido en la receta como «dos onzas de caparrós«, deformación de caparrosa que se refiere al sulfato de hierro, cobre o zinc, recibiendo distintos nombres según el metal de origen. Por lo general, el que más se emplea es el sulfato de hierro o caparrosa verde que se obtienen con la introducción de partículas metálicas en agua acidificada con aceite de vitriolo, lo que hoy se conoce como ácido sulfúrico, y estas reaccionan lentamente formando sulfatos disueltos en agua y que cristalizan de color verde una vez evaporada.
La combinación de las agallas del roble con el sulfato de hierro en agua forma una reacción química que resulta en un complejo soluble de color miel el cual, una vez aplicado sobre el soporte celulósico o de pergamino y en contacto con el oxígeno, se vuelve un compuesto insoluble que torna a su característico color marrón oscuro con el tiempo.
No obstante, es muy frecuente la presencia de aditivos y otros compuestos para mejorar las propiedades de la tinta, entre ellos «Dos onzas de Goma Arabiga«, cuarto ingrediente dictaminado por la Archidiócesis Compostelana. Extraída de la resina de ciertas especies de acacia, su mezcla en la tinta tiene la función de espesar controlando así su expansión por las fibras del papel o pergamino una vez manuscrito evitando corrimientos indeseados.
«Dos onzas de Azucar Candil«, que difiere del azúcar normal obtenido por cristalización durante su refinado ya que son cristales gruesos obtenidos de una solución sobresaturada obteniendo un azúcar de mayor pureza. Este compuesto homogeneiza la mezcla y la hace más fluida y apropiada para usar con el cálamo. En otras fórmulas se indica el uso de miel.
«Dos Onzas de Azul fino, q.e es anil«, o añil conocido también como índigo es obtenido de la fermentación de las hojas de la planta Indigofera tinctoria y caracterizado por un intenso color azul, su misión es la de dar una coloración oscura a la tinta previa al oscurecimiento de la misma a su característico color marrón ya que suele ser muy clara durante su escritura.
Por último el menos extraño de los ingredientes, «medio cuarteron[3] de Agua ardiente fina«, que aporta propiedades fúngicas y, en regiones frías, anticongelantes gracias a la presencia del alcohol, facilitando la conservación de la mezcla. Todo ello «sin herbir al fuego» ya que el calor aceleraría el proceso de oxidación de la mezcla, proceso que debe accionarse sobre el soporte a pesar de que otros métodos antiguos proponen su calentamiento durante la mixtura para facilitar la amalgama.
“Todo hay en Botica«, un advertencia acerca de donde se podían encontrar los ingredientes mencionados, pudiendo incluso encargar a las mismas su fabricación a partir de la receta. No obstante, lo habitual era que los escribanos experimentados fabricasen su propia tinta, estableciendo ellos mismos los parámetros más adecuados a sus requisitos escriptóricos.
Como se dijo al principio, este patrón compostelano no es concluyente sino una de tantas de las múltiples variantes, cambiando en proporciones e ingredientes dando tintas de calidad o más económicas, de tonos más oscuros o de mayor trasparencia, anaranjadas, marrones o negras pero siempre basadas en la reacción química de taninos con sulfatos o, que es lo mismo, la combinación de agallas del roble con sulfatos de hierro.
De ser cierto que esta es la tinta con la que fue manuscrita la receta y el resto del libro es la misma, podríamos decir que, tras 250 años de permanencia, ha resultado ser muy estable ya que este tipo de tinta, la ferrogálica, aunque considerada permanente e insoluble no se halla libre de inestabilidades químicas si se elabora en las proporciones inadecuadas.
Una mala proporción entre el ácido tánico y el sulfato ferroso se traduce en el más habitual deterioro de la tinta ferrogálica, la corrosión del soporte dando impresión de haberse quemado llegando incluso a la perforación. La afinidad de los taninos y los sulfatos a la celulosa tampoco ayuda ya que migran con mucha facilidad, llegando a traspasar la hoja.
Si un exceso de hierro supone la alteración anteriormente descrita, un defecto del mismo sulfato supone una escasa reacción química que conlleva a una mala unión con el soporte celulósico lo que supone desvanecimiento y degradación de las tintas. Lo mismo se podría decir de los aditivos, cuyas cantidades (o ausencias) puede suponer un sinnúmero de inconvenientes como fragilidad, expansión descontrolada sobre el soporte celulósico o de pergamino, ser susceptible de ataques biológicos, pulverulencia, escasa fluidez o ser demasiado espesa, inadecuada para usar con el cálamo, secado rápido en el tintero, brillos, capacidad de adherencia al soporte exigua y un larguísimo etc.

Memorias del Arzobispado de Santiago. Fondo General 496
En resumen, este breve artículo trata de corporeizar la recóndita complejidad de un ingrediente tan habitual y omnipresente, no solo en este archivo sino en buena parte de la escritura antigua europea, como es la tinta ferrogálica cuya extinción se ha dado hace relativamente poco tiempo como otros tantos menesteres tradicionales y en el Archivo Histórico Diocesano de Santiago de Compostela tenemos la suerte de custodiar una de sus incontables fórmulas.
[1] Un cuartillo es equivalente a 504 ml según la RAE, la cuarta parte de un azumbre, antigua unidad de medida para líquidos equivalente a 2,05 l. De ahí el nombre de cuartillo.
[2] Una onza equivale a 28,75 gramos.
[3] Aproximadamente un cuarto de litro
Kolar, J. & Strli, M. (eds.) Iron Gall Inks: On Manufacture, Characterisation,Degradation and Stabilisation. National and University Library, Ljubljana, 2006.
bne.es Recetas y secretos en la España del Siglo de Oro. https://www.bne.es/es/blog/blog-bne/recetas-y-secretos-en-la-espana-del-siglo-de-oro-la-fabricacion-de-tinta-negra
