Fiel pareja del tintero ha sido la salvadera en las escribanías anteriores a la segunda mitad del siglo XIX. Como todo Quijote tiene su Sancho, todo tintero tenía su salvadera. Cachivaches con contenidos antónimos, líquido y sólido, gotas y partículas, uno moja, el otro seca. Opuestos pero complementarios.

La tinta ferrogálica mencionada en el artículo del primer número de esta revista (aunque bien pudiera ser otro tipo de tinta caligráfica) no es de secado inmediato como las tintas actuales sino que había que esperar cierto tiempo para que el oreado le proporcionase sus propiedades insolubles y poder pasar la página sin manchar la adyacente, con la consiguiente pérdida de tiempo y, quien sabe, de inspiración. Estas interrupciones del hilo escriptórico urgían métodos para acelerar su secado.
El espolvoreado de partículas absorbentes sobre la tinta fue el sistema que más consenso obtuvo ya que podían ser materiales relativamente sencillos de conseguir, comenzando por la cáscara de salvado desmenuzada por molienda que si bien funcionaba de forma aceptable, depositaba residuos orgánicos y durante su almacenamiento podía atraer humedad con los consiguientes ataques de microorganismos. El salvado, junto con el serrín de madera fueron prontamente sustituidos por materiales inertes como, talco, piedra pómez, arena de playa «Los polvos pueden fer de minerales: pero los mejo- res que usamos en eſte Reyno fon los de arena cernida muy menuda» [1], conchas o huesos de sepia molidas, mica e incluso metales como hierro o galena aunque desaconsejados por sus propiedades corrosivas: «No ufen de Limaduras de hierro, porque roen el papel.» [2]. En las postrimerías del siglo XIX todavía se anunciaban coloreados en diferentes tonos en paquetes o a granel.
El esparcido de estos materiales granulados sobre la tinta y su posterior absorción hace que el líquido se distribuya, el volumen de su gota se haga más fino y aumente la superficie expuesta al aire, factores que aceleran su secado en gran medida. Finalmente son barridas, sopladas o dejadas caer inclinando el libro para, voluntariamente, ser recogidas y reutilizadas.
Estas arenillas, arena secante o polvo de salvadera o como cada uno quiera llamarlas, iban habitualmente almacenadas en un recipiente con perforaciones denominado salvadera, binomio del tintero, cuyo nombre es tomado del elemento pulverizado más antiguo empleado en el secado de las tintas, la cáscara molida del salvado. (otros hablan del origen del nombre como un recipiente con el que se salvan las tintas) Sus características más genéricas serían las de un salero cóncavo cuya cavidad perforada se destina a recoger los polvos una vez han secado las tintas para su reutilización. Este recipiente podía ir a juego con el tintero o bien ser elaborado en un material diferente como metal, cristal, porcelana, cerámica, madera, hueso y todo lo que permitiese la elaboración de una vasija de estas características. En casos muy humildes podía ser una sencilla bolsa de cuero o tela, una concha o un platillo, para pellizcar con los dedos y aderezar la grafía recién escrita.
Hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XIX, como otras tantas utilidades desplazadas por las innovaciones industriales del período, no comienza a desaparecer el empleo de arenas secantes que son sustituidas por las cartulinas secantes, las cuales se colocaban en unos soportes denominados secafirmas, como grandes sellos arqueados bajo los cuales se sujeta el secante y se balancea sobre la tinta todavía fresca. No era un sistema muy eficaz pues emborrona las tintas por una presión superior a la capacidad de absorción del papel. «El papel secante, si no está usado, absorbe la tinta y descolora el trazado; y si tiene algo de grasa, lo extiende y emborrona. En los trabajos caligráficos no debe usarse, por tanto, ni el papel secante ni la arenilla. Lo mejor es esperar á que el escrito se seque naturalmente.«[3].
Las innovaciones técnicas del siglo de la modernidad trajeron los milagros de la química orgánica y el consiguiente descubrimiento de los colorantes sintéticos derivados de la anilina. Esto y la exitosa aparición de la estilográfica obligaron a reformular las tintas. Aparecieron nuevas tintas fluidas, de colores vibrantes y, sobre todo, de secado rápido que acabaron con los sistemas secantes y fueron velozmente desterrados al olvido. Claro testigo de estas innovaciones son las páginas parroquiales fechadas en la segunda mitad del XIX, escritas con tinta morada, el primer color sintetizado artificialmente, la malveína, y la posterior tinta azul de las estilográficas con desastrosos resultados. Pero de ello se hablará en otra ocasión.
Trazado a rasgos generales el antiguo método de secado de las tintas y tomando la práctica totalidad de los fondos parroquiales de este Archivo, hallamos estas escorias en abundancia. Parte del volumen y peso de un libro recién ingresado al archivo se componía de arenillas de secado ya que muchas de estas concreciones se quedaron sutilmente aprisionadas en las tintas al secarse, dándoles una textura rasposa característica; o se escondieron entre los pliegues de los papeles del libro junto con otros restos históricos como pajas, granos de cereal, moscas estrujadas, detritos capilares o gotas de cera en una suerte de acumulación testimonial de las manos de quienes los escribieron, eventualidad interesante desde el punto de vista de la investigación histórica pero perjudicial desde el prisma de la conservación.
Las arenillas acumuladas ostentan una dudosa necesidad de permanecer en el interior de los libros, pues aparte de ser residuos de una función desecadora ya finalizada suponen un riesgo conservativo para la integridad tanto del soporte celulósico como de los elementos sustentados y otras partes del libro. Su condición granulada les aporta propiedades abrasivas que se activan durante el uso del libro, imperceptible en unas pocas manipulaciones pero acumulables con el tiempo y varios manejos del mismo en forma de rozaduras que van erosionando tanto el papel como las grafías. También pueden ir desgastando los hilos del cosido en el interior de los pliegues facilitando su rotura y provocando el desprendimiento de los cuadernillos. «La arenilla […]destruye la encuadernación de los libros en que se usa.»[4]
Otra de las alteraciones que inducen es su capacidad de deformar el papel. Su superficie aristada y su granulometría hacen que estos se incrusten sobre la superficie celulósica especialmente en presencia de peso sobre el libro cerrado y en condiciones favorables de humedad se agrava, dejando una superficie rugosa más o menos extendida dependiendo de su profusión y de los que se han quedado adheridos a las tintas. «La arenilla […]además, deja la superficie del papel muy desigual para escribir por el lado opuesto […]» [5]. En el caso de los granos adheridos a las tintas, estos pueden provocar perforaciones de las mismas bajo presión o desprendimientos al remover los que se hallan incrustados. Y aún más, la presencia de arenillas en el interior del libro y su deslizamiento hacia el exterior durante su manipulación ensucia el entorno del lugar donde se ha usado el libro, e incluso donde se almacena, pudiendo crear abrasiones en la superficie del ejemplar.
Por ello y por higiene, una de las condiciones previas a la catalogación, almacenamiento y puesta a disposición del público de un ejemplar entrante es su limpieza, página por página, empleando una brocha suave si sus condiciones se lo permiten. Tras lustros de recoger y desechar estas concreciones, se puede afirmar con convencimiento que el material secativo más comúnmente empleado en los registros manuscritos de la archidiócesis compostelana es la arena del litoral tamizada, ingrediente harto sencillo de conseguir y, como peculiaridad, encontramos en su composición magnetita, un mineral oscuro que reacciona muy fácilmente a la presencia de un imán y muy abundante en nuestras costas.

A falta de un análisis científico más profundo de las arenillas de secado que desprenden los libros depositados en el AHDS a fin de determinar su composición y procedencia, valga este artículo para ilustrar brevemente una parte de la técnica de escritura, tan usada y, a la vez, tan desconocida que siempre se han visto sus sedimentos como una morralla sucia que brota de los libros antiguos pero que no son sino el rastro de pólvora que, una vez prendida la llama de la curiosidad detona en el conocimiento de la Historia.
[1] Tratado del origen, y arte de escribir bien. Fr. Luis de Olod, Bibliotecario del Real Convento de Santa Madrona de PP. Capuchinos de Barcelona. Cap. XXV. Pág. 71. 1768
[2] Ídem
[3] Arte de la caligrafía y de la escritura. Rufino Blanco y Sánchez. 4ª edición, 1910. Pág. 97.
[4] ídem
[5] Ídem
Blanco y Sánchez, Rufino. Arte de la escritura y de la caligrafía española. 4ª ed., Madrid, Imp. y Lit. de J. Palacios,1910.
https://fonsespecials.udl.cat/handle/10459.2/44157
Olod, Luis de. Tratado del origen, y arte de escribir bien. Barcelona, Carlos Sapera, 1768.
hps://books.google.es/books?
id=xLX2U5V0AC&printsec=frontcover&hl=es&source=gbs_ge_summary_r&cad=0#v=onepage&q&f=false
Rolland, Eduardo. “Un imán.” La Voz de Galicia, 20 Aug. 2019, https://www.lavozdegalicia.es/noticia/vigo/vigo/2019/08/20/iman/0003_201908V20C3992.htm. Consultado el 1 Junio 2026.
Artículos de escritorio. Museo de Pontevedra, https://museo.depo.gal/coleccion/explora-a-coleccion/-/patrimonio/categoria/113. Consultado el 1 Junio 2026.
